Un mes sin Facebook ¡No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes!

Un mes sin Facebook ¡No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes!

No sé cómo habrás llegado hasta este artículo. Puede que seas uno de estos dos tipos de lectores: de los que viendo el título quedan intrigados por si durante este mes he tenido trastornos de conducta o me he vuelto loca, o de los que espera leer la panacea en las siguientes líneas. ¡Quédate hasta el final, seguro que te sorprende!

Estar un mes sin Facebook fue una decisión personal, un momento, una situación que me hizo necesitar salir de esta red social, la Red Social por excelencia. También dejé de utilizar Twitter. No voy a mentir si digo que también lo intenté con Instagram… Mi relación con ésta última es otro tema. Si este artículo os gusta podría intentarlo, pero supongo que necesitaría algún tipo de medicación durante y después del experimento.

De lo personal pasó a lo profesional, y es que quería volver a este blog con algo que contar, con algo innovador. ¡Vamos al grano!

No voy a decir que haya sido duro salir de Facebook durante un mes. Lo fue al principio. En mis ratos libres, en la sala de espera del dentista, en el sofá o durante un café con amigos. Cada vez con mayor frecuencia, tenemos la imperiosa necesidad de revisar Facebook sin nada nuevo que ver; es ya casi un instinto entrar en nuestro perfil para chequear si tenemos alguna notificación o si algún “amigo” ha compartido algo, o simplemente ‘regalar amor’, como dicen los influencers, a las publicaciones de los demás.

¡Pero se puede! Después de varios días dejé de sentir esa estúpida necesidad de entrar en Facebook cada 3 minutos; simplemente no lo necesitaba y cuando los demás me decían ¿has visto Fb? ¡Míralo! Me sentía hasta orgullosa de decir: cuéntamelo, no uso Fb. Prefiero que me cuentes, que me mires, que me llames, que me escribas un WhatsApp o un e-mail (me sentiría un poco Meg Ryan esperando a Tom Hanks). Lo cierto es que esta Red Social se ha hecho indispensable para nuestras relaciones sociales, laborales e incluso ¡para la vida misma!

Actualmente, incluso para registrarte en cualquier página, app o solicitar cualquier trámite por Internet (véase cita para dentista, entrada de cine o comprarte un unicornio) es necesario hacerlo a través de Facebook. Yo, durante este tiempo, lo he hecho todo a través del e-mail. Es cierto que es un proceso más lento, pero evitamos ese método que tiene nuestro amigo Zuckerberg para crearnos la necesidad de estar entrando en Facebook constantemente. Aquí empecé a ver que, aunque no lo parezca, se puede.

Por otra parte, quitar Facebook de mi rutina diaria ha sido una liberación de pensamiento: he vuelto a pensar por mí misma, a analizar las noticias bajo mi criterio, a leer un artículo al completo y no quedarme con el titular… He vuelto a ver los telediarios y a leer periódicos, porque mi necesidad de estar “en el mundo” no se acaba en Facebook.

Y es curioso cómo esta liberación me hace pensar, analizar, investigar sobre algo que no conozco. Muchas veces (por no decir siempre), leemos la publicación de turno sobre Cataluña, el Festival de San Sebastián, México, Puerto Rico, taurinos, antitaurinos, feministas, machistas… todo lo que actualmente está en la punta del icerberg. Pero… no nos informamos, no juzgamos, no investigamos, solo leemos.

Es curioso que, sin haber terminado mi experimento, ya estaba notando cambios muy curiosos, de hábitos y de formas de apreciar las cosas. A propópsito de esto, me planteé… ¿Nos damos cuenta del daño que hacen las redes sociales? Estamos convirtiéndonos en lo que una plataforma, un gobierno o una ideología quiere que seamos: ¿borregos? (permitidme el agravio), personas que no piensan ni analizan, que no van más allá de lo que se nos muestra. ¿La culpa? Vamos a echársela a Facebook aunque la mayor parte sea nuestra.

¡Pasó el mes! Me enfrento a Facebook con una lección aprendida: un usuario empoderado, que sabe manejar datos, y que distingue la información de la publicidad, y esta de la propaganda. No quiero decir que Facebook sea lo peor del mundo y que tengamos que dejar de utilizarlo, pero deberíamos concienciarnos del mal uso que una buena parte de los usuarios hace de las redes sociales y del daño que está haciendo a la objetividad de las noticias la subjetividad de los usuarios, que pasan por los medios de comunicación haciendo un slide hacia arriba, sin pararse a leer.

Un mes sin Facebook ha sido finalmente la manera de darme cuenta que da igual aburrirse, de hecho, a veces es hasta necesario; de percatarme de que estamos intoxicados por lo que otros nos cuentan, porque lo que Facebook nos muestra. De darme cuenta que hay vida más allá de lo que posteamos (o postureamos) en redes sociales.

Yo no he dejado de ser, de estar, por no publicarlo en mis redes sociales. Y esto, amigos míos, es algo que se está convirtiendo en un problema para muchos adolescentes. Así que puedo decirlo alto ¡Hay vida (y debe haberla) después de Facebook! Ya sabes, si te apetece, si quieres aportar algo, estás invitadísim@ a hacerlo. Déjame un comentario para conocer tu experiencia: un día, una semana o un mes sin Facebook.


Licenciada en Comunicación Audiovisual, magíster y doctoranda en Cinematografía y Profesora de Lengua Castellana y Literatura sin alumnos. Gestiono las redes sociales de un precioso proyecto de Literatura Infantil y Juvenil así como el diseño gráfico y web del mismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *